El yeso y la carta

A 35 años y más de 11 mil kilómetros de la casa, los pasajes difíciles, muchas veces tristes y personales, son ahora hasta risibles por tanta gloria y heroismo derrochados.

Hoy desde cualquier paraje lejano del planeta, un simple aparatito celular del tamaño de una caja de cigarros, sirve para escuchar las voces familiares y transmitir alegres o nostálgicos sentimientos a los seres queridos. Puede utilizarse para ver los rostros amados fijos o en movimiento y para reflejar imágenes propias y de lugares inimaginados que, inmediatamente, recorren el mundo por INTERNET.

¿Cuántas acciones, sucesos bélicos y de relativa paz, dejaron de plasmarse -solo en la memoria- por la carencia de una modesta cámara “Esmena” o “Zenit”, soviéticas?

Quién, entonces, con una Laptó sobre las piernas y en mochila no hubiera hecho maravillas: redactado anécdotas “verdecitas”, sorprendentes; historias precisas de acontecimientos que se resisten pasar al anonimato perpétuo , aun con las lógicas impresiciones de los años transcurridos.

Treinta y cinco años atrás y más, los combatientes internacionalistas en las zonas selváticas del África, apenas tenían lápiz, papel, sobres, y el tiempo mínimo, para ernviarles algunas líneas a la familia, correspondencia que, en forma de correo relevo, llegaba en valijas a La Habana, para luego ser repartidas por provincias hasta el último lugarcito cubano y viceversa. Meses duraba el peregrinar de ida y regreso de una carta, determinado, además, por las contingencias de las operaciones militares, cuya movilidad alargaba el ansiado encuentro con las noticias íntimas, tónico infalible para fortalecer el orgullo de cumplir la honrosa misión al precio que fuera necesario.

Siempre pensé que en medio de aquella comunicación intermitente, los Comunicadores éramos privilegiados: disponíamos de equipos de radio comerciales ITT y el FT-101 capaz de transmitir mensajes cifrados en clave Morse y en fonía a miles de kilómetros,y también los medios militares de la ex Unión Soviética, de alcance estratégico según los tipos de fuerzas y su estructura.

A veces los radiotelegrafístas violaban las transmisiones codificadas y en “lenguaje claro”, (prohibido siempre para que el enemigo no pudiera obtener información), se enteraban de las llegadas de barcos, aviones con tropas de relevo, al igual que noticias frescas de la querida Cuba.

Le retiraron el yeso antes de producirse la fractura.

Al aeropuerto de Negage, al norte de Luanda, lo bauticé como el Londre angolano, casi siempre cobijado por una niebla gris y una pertinaz llovizna fríua que sorprendía a los viajeros de paso que hacían escala en el lugar desabrigados, acostumbrados a la alta temperatura de la capital.

A veces el An-2, el “Chipojo” conocido por los combatientes cubanos por su color verde, daba más de una vuelta para divisar la pista y aterrizar tronante sobre el griterío de la tropa, sabedora de que la correspondencia venía abordo del avión.

Solo los pilotos cubanos maniobraban en cualquier situación atmosférica, lo mismo en la nebulosa base aérea que en la reducida pista fronteriza de San Salvador de Zaire, donde besaban con la nariz de la aeronave el precipio que anunciaba el fin de la vía de aterrizaje.

Las cartas se entregaban por compañías y el político o quien fuera designado gritaba los nombres que todos coreaban con frases jocosas. Después , el grupo se disgregaba y los agraciados disfrutaban en la soledad del lugar escogido del momento más sagrado que tenía la intimidad de un Regimiento Reforzado.

Repasadas una y otra vez las queridas líneas, los combatientes compartían algunos párrafos, frases, anécdotas de familiar coincidencia. Siempre ocurría así, pero aquel día ,Arturo, quedó con la vista fija en la voluminosa carta recibida y manoseada una y otra vez.

-¿Algún problema, soldado?

Preguntó el político Quirós, un hombre bonachón de ojos azules, técnico de equipos de televisión en su natal Camagüey.

-Político, respondió Arturo con su voz casi apagada: --Es que me dicen que al viejo le quitaron el yeso de la pierna y ya está bien y no sé que le pasó.

-Bueno, Arturo, lo importante que ya anda otra vez caminando...¿No es verdad?

No pasaron dos días, cuando el camión de suministro trajo una nueva valija de cartas y el alboroto volvió a formarse y Arturo, cogío de nuevo la suya, esta vez bajo el silencio de todos, y se retiró hacia el parquecito delante de la barraca de Comunicaciones.

El jefe de la Compañía de Comunicaciones y el político, todo el tiempo siguieron con la vista a Arturo. Pasado unos minutos, el rostro del combatiente se transformó en una sonrisa que hizo partícipe al resto de sus compañeros.

-!Caballeros, gritó, al viejo lo que le pasó es que le chupó demasiado el rabo a la jutía el Día de las Madres y cuando se estaba bañando para bajar la carga de cervezas, resbaló y se fracturó la pierna derecha, pero eso hace ya casi dos meses y medio, según la fecha de esta carta, por eso me escribieron en la que recibí el otro día que ya está campana.

Y no fue una sola vez, valijas con la correspondencia del norte iban a parar al este, al sur y a la inversa, y siempre regresaban con fechas desfasadas, pero con la actualidad emocional vigente para levantar el ánimo y vencer a ese otro “enemigo” espiritual que es el prolongado tiempo tan lejos de nuestros seres queridos y de Cubita la bella.

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