De
niño escuché y leí en libros de la neocolonia la historia
retorcida de Cuba: José Martí, un poeta mujeriego (la niña de
Guatemala, la que se murió de amor). adicto a la ginebra, debilucho,
incapaz de resistir el mínimo esfuerzo y, sin embargo, arrastró los
grilletes del martirio corporal en las canteras de San Lázaro.¿Cómo?
¿ Si apenas era niño-adolescente y levantaba del suelo un metro 45
centímetros de estatura? Nunca supe entonces porqué lo confinaron
al trabajo forzado, al destierro: ¿Era tan peligroso? ¿Si solo
hacía versos, y a esa edad no bebía?
De
Antonio Maceo, se decía era el Titán de Bronce, negro descendiente
de esclavos, con muchas heridas en el cuerpo y temido por su brazo de
machete demoledor. ¿Era tan bruto o por el color de la piel, los
racistas de la época ignoraban, por ejemplo: Que La Protesta de
Baraguá, frente al ignominioso Pacto del Zanjón, significó una
estrategia política reconocida internacionalmente en su época de
limitada trascendencia que elevó y selló para siempre los valores
de este pueblo, de que la patria es lo primero y de que la libertad y
el honor de los cubanos no se entregan sin combatir.
El
pensamiento estratega de Maceo no se discute ni tampoco su
pensamiento antiimperialista expresado en el gesto de pelear por la
libertad de Puerto Rico y de combatir al lado de los españoles, si
fuera necesario, en contra de ese Imperio, advertido por José Martí,
porque el apóstol si vivió en sus entrañas.
La
labor proselitista, diplomática, de Maceo por el mundo lento de las
comunicaciones de aquella centuria, se resalta cuando se conoce que
en apenas 66 días del 1878, entre Jamaica y New York, escribió 13
documentos y recibió 35. Don Federico de Apesteguí, español, dijo
que Maceo en la Historia figuraría a la par de Bolívar, y no se
equivocó.
Martí,
demostró que junto a su poder de convencimiento para la Guerra
Necesaria del 95,tenía, además de su profundo pensamiento político,
el valor para unir y participar junto a los grandes jefes de la
contienda bélica de los Diez Años (1868-78), en la Guerra del 95.
No
era un hombre frágil, José Martí, pese a su baja estatura,
delgadez y manos finas, demostró su varonía muchas veces, no solo
frente a las balas que cegaron su valioso pensamiento en Dos Ríos,
el 19 de mayo de 1895.
En
Nueva York, frente a Antonio Zambrana cuando éste públicamente y
refiriéndose a Martí expresó que los que no apoyaban el
movimiento eran porque tenían miedo y que, por lo tanto, llevaban
sayas en vez de pantalones. Martí irrumpió entre la muchedumbre
como un bólido, y, llegando hasta la tribuna, pidió la palabra. Y
respondió: “ Y tenga usted entendido que no solamente no puedo
usar sayas, sino que soy tan hombre que no quepo en los calzones .Y
acercándose a su detractor, agregó con actitud violenta: Y
esto que le digo se lo puedo probar cómo y cuándo usted guste, y si
es ahora mismo, mejor. Intervinieron entonces Maceo y Crombet,
evitando que el incidente tomara mayores proporciones.
Quien
haya leído algunos de sus escritos de sus diarios De Montecristi a
Cabo Haitiano y de Cabo Haitiano a Dos Ríos, conocería de sus
peripecias con sus costillas sobre la dura madera de los barcos y
las largas travesías montado en una mula, durmiendo en hamaca de
saco, donde quiera que la noche lo sorprendió y con el hambre y la
sed pisándoles las ganas.
Cuenta
la historia post-revolucionaria, que Martí el 11 de abril de 1895,
junto con 11 patriotas expedicionarios viajó clandestino en un
carguero alemán y en un bote por Playitas de Cajobabo, en medio de
un torrencial aguacero, remando desesperadamente, perdieron el timón
y tras muchos esfuerzos , Martí, llevando el remo de proa,
desembarcaron, entre otros, el generalísimo Máximo Gómez y Flor
Crombet, protagonistas de la Guerra de los Diez Años; sin embargo,
Martí, fue el último en bajarse de la embarcación para vaciarle el
agua al bote, y hasta quiso, ante la abrupta subida de farallones
guantanameros, tomarle parte del equipaje al experimentado dominicano
Gómez.
Martí
no solo era delicadeza para mujeres y hombres sinceros, fue un varón
que demostró su fortaleza sin queja ni remilgos, desde casi un niño
con grilletes que marcaron su efímera y prolífera vida de solo
42 años hasta su caída en combate en Dos Ríos de cara al sol.
Fidel
Castro y los jóvenes del asalto al cuartel Moncada, lo resucitaron
para siempre en el Año 19 53 Aniversario de su centenario, para que
jamás muriera en su Isla y en la América toda, su extraordinario
y visionario pensamiento y fortaleza física de incalculable voluntad
patriótica.
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